A pocos metros, la Plaza del Mercado acogía el lado más popular de la celebración. Allí, asociaciones locales —fallas, cofradías, filaes de moros y cristianos y, por primera vez, asociaciones vecinales— cocinaron sus propias versiones del plato fuera de concurso, convirtiendo la plaza en una auténtica fiesta comunitaria.
El aroma de la leña comenzó a despertar temprano a Alzira. Aún no eran las diez de la mañana cuando las primeras cazuelas empezaban a calentarse en la Plaza del Reino, convertida una vez más en el gran escenario de la gastronomía popular valenciana. Allí, entre humo suave, conversaciones animadas y el ir y venir de cocineros y curiosos, se celebró la décima edición del Concurso Nacional de Espardenyà, una cita que ya forma parte del calendario sentimental y culinario de la Ribera.
La jornada rindió homenaje a Francisco José García, figura clave en la recuperación de esta receta histórica que combina anguila, conejo, patata y huevo en una elaboración tan contundente como identitaria. Su empeño por rescatar el plato del olvido ha acabado transformándose en una celebración colectiva donde tradición, gastronomía y convivencia se entrelazan alrededor del fuego.
Organizado por la Concejalía de Fiestas del Ayuntamiento, el concurso reunió en esta edición a 30 restaurantes profesionales y a más de 30 asociaciones y entidades locales. Un equilibrio que define el espíritu del evento: la excelencia culinaria convive con el ambiente festivo de fallas, cofradías y colectivos vecinales que mantienen viva la cultura popular.
Un plato que viaja más allá de la Ribera
A lo largo de los años, el certamen ha ido creciendo hasta consolidarse como uno de los encuentros gastronómicos más singulares de la Comunidad Valenciana. En esta décima edición, además, el concurso dio un paso más en su proyección internacional con la participación de un restaurante llegado desde Zúrich, prueba de que la espardenyà empieza a despertar curiosidad más allá de las fronteras valencianas.
La concejala de Fiestas, Gemma Alós, destacó el compromiso de los profesionales que hacen posible la cita. Muchos de ellos, explicó, cierran sus restaurantes ese día para participar de forma desinteresada en el concurso, conscientes de que su presencia contribuye a difundir una receta profundamente ligada al territorio.
El Ayuntamiento también mantiene su apuesta por premiar la excelencia entre fogones. El certamen continúa siendo el mejor dotado económicamente de la Comunidad Valenciana en su categoría, con un primer premio de 3.000 euros, un segundo de 1.500 y un tercero de 1.000 euros.
El ritual del fuego lento
La fiesta gastronómica se desplegó en dos escenarios principales. En la Plaza del Reino, los chefs profesionales elaboraron ante el público 15 raciones de espardenyà. Mientras los ingredientes se integraban lentamente sobre la leña, los asistentes observaban cada gesto del proceso, conscientes de que en ese ritmo pausado reside gran parte del secreto del plato.
Una de las raciones fue sometida a la valoración de un jurado mediante cata a ciegas, mientras que el resto se repartió gratuitamente entre el público.
El alcalde de la ciudad, Alfons Domínguez, subrayó la importancia de este tejido asociativo para mantener viva la tradición. Para muchos alzireños, explicó, este encuentro es mucho más que un concurso gastronómico: es una celebración de identidad compartida.
Para preservar la autenticidad de la receta, el Ayuntamiento proporcionó a todos los participantes los ingredientes esenciales y la leña necesaria para cocinar: anguilas, conejo, patatas, huevos y agua. Elementos sencillos que, combinados con paciencia y saber hacer, dan forma a uno de los platos más representativos de la Ribera.
La jornada concluyó como empiezan las mejores historias gastronómicas: alrededor de la mesa. Las asociaciones se reunieron en sus respectivos casales para degustar las espardenyàs elaboradas durante la mañana, cerrando así un fin de semana en el que la tradición culinaria volvió a demostrar que, en Alzira, el sabor también es memoria colectiva.
