Un lugar para disfrutar del sabor,
el vino y la buena mesa.

Escama se instala en Cortes Valencianas

Valencia suma un nuevo espacio gastronómico donde el producto de la Marina Alta y los arroces buscan conquistar una zona en plena ebullición urbana

El “verano eterno” de Jávea ya no es solo patrimonio de la costa. Desde hace unos días, también se respira —o al menos se intenta— en plena avenida de las Cortes Valencianas. Allí, en uno de los corredores más dinámicos de la ciudad, el proyecto Escama ha abierto su tercer local con una idea clara: traer el sabor, el ritmo y la estética del Mediterráneo más reconocible al corazón de la Valencia contemporánea.

Detrás están Juanmi Iborra, Fredy Zapater y Javier de Toro, que continúan expandiendo una marca que nació precisamente entre conversaciones informales frente al mar, en enclaves como la icónica Cala del Portitxol. Aquella postal —puertas azules, salitre, sobremesas largas— se convierte ahora en concepto replicable. Y, en esta ocasión, en formato de gran restaurante con capacidad para más de 120 comensales.

Un arroz para una avenida sin tradición arrocera

La elección de Cortes Valencianas no es casual. La zona, marcada por la presencia del Palacio de Congresos de Valencia y el futuro Nou Mestalla, vive un crecimiento sostenido entre hoteles, oficinas y residencias. Sin embargo, su oferta gastronómica sigue siendo irregular, especialmente en lo que respecta a la cocina valenciana más reconocible.

Ahí es donde Escama intenta encontrar su hueco: arroces bien ejecutados, producto de proximidad y una carta que no renuncia a lo popular. La propuesta no rompe con lo anterior —de hecho, es continuista respecto a sus locales en Jávea y Cánovas—, pero sí introduce un matiz más gastronómico, con platos que van más allá del recetario clásico.

Cocas, tapas para compartir y arroces secos o melosos marcan el eje de la carta, junto a guiños más contemporáneos como la pasta fresca o el secreto ibérico. Todo ello acompañado por una bodega con protagonismo local, donde las denominaciones de origen Valencia y Utiel-Requena refuerzan ese discurso de territorio que atraviesa todo el proyecto.

Uno de los movimientos más interesantes —y también más estratégicos— es la apuesta por un menú del día con arroz incluido por menos de 16 euros. En una zona de ritmo laboral alto, la jugada apunta directamente al público de oficina que busca comer bien sin complicaciones. Democratizar el arroz, sacarlo del contexto festivo y llevarlo al día a día: ahí está parte del discurso.

Nostalgia mediterránea bien ejecutada

Si algo define a Escama es su capacidad para construir relato más allá del plato. El interiorismo, firmado de nuevo por el estudio Borand, vuelve a jugar un papel clave. El espacio se articula en dos plantas y recrea una suerte de casa de pescadores contemporánea: materiales naturales, luz cálida y una escenografía que apela directamente a la memoria emocional del Mediterráneo.

Hay elementos que funcionan como guiños reconocibles —la famosa puerta azul del Portitxol, una bodega convertida en reservado, espacios como la llamada “Cueva del Moro”— que refuerzan esa sensación de escapada sin salir de la ciudad. No es casual: Escama no vende solo comida, vende atmósfera.

Mucho más que un restaurante

La propuesta se completa con una programación que va más allá de la mesa: música en directo, catas de vino y eventos afterwork buscan convertir el local en punto de encuentro. En una avenida donde la vida social aún está en construcción, esta dimensión puede ser tan importante como la propia cocina.

Además, el horario amplio —con cocina ininterrumpida los fines de semana— responde a un público híbrido: desde el trabajador entre semana hasta el visitante de congresos o el cliente nocturno que busca algo más que cenar.

Entre la evocación y la realidad

Escama sigue construyendo su identidad sobre una idea potente: capturar ese instante en el que el Mediterráneo se convierte en experiencia. La pregunta, sin embargo, es si ese relato resiste el ritmo de una avenida como Cortes Valencianas, más funcional que emocional.

Por ahora, la propuesta tiene argumentos: producto reconocible, precios competitivos y una puesta en escena cuidada. Falta ver si, más allá de la estética y el concepto, los arroces logran situarse en el mapa gastronómico de una ciudad donde el nivel —y la exigencia— no deja de subir.

Porque en Valencia, hablar de arroz nunca es solo hablar de comida. Es, también, una cuestión de identidad. Y ahí es donde Escama se juega su verdadero partido.

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